Una travesía por los bancales del Sil y las pequeñas bodegas que mantienen vivo un paisaje construido durante siglos.
Hay paisajes que parecen naturales y, sin embargo, son obra paciente de muchas generaciones. En los cañones del Sil y del Miño, las laderas se ordenan en terrazas de piedra seca que desafían la gravedad y convierten el vértigo en viñedo.
Caminar por estos bancales es leer un libro escrito con las manos: muros levantados piedra a piedra, sendas estrechas por las que durante siglos se subió y bajó la uva a hombros, y monasterios románicos escondidos entre castaños que recuerdan por qué a este territorio se le llamó sagrado.
“Aquí la pendiente no se vence: se acompaña, año tras año, como quien cuida una conversación antigua.”

